Categoría: Nacionales

CONMEMORACIÓN


{mosimage}A 50 años de su llegada a la Argentina, un libro homenajea la memoria de Marshall T. Meyer, el rabino nacido en los Estados Unidos, el único extranjero integrante de la Conadep, que luchó por la integración de la comunidad judía y fue una pieza clave en los reclamos por los derechos humanos. Ofrecemos a nuestros lectores estos artículos en conmemoración  del medio siglo de su arribo al país.

               .- Marshall, el Rabino de la CONADEP. de Iton Gadol

                    .- Nuestro Maestro. Por Estela B. de Carlotto.

                   .- La Plaza de Marshall Meyer. Por el Rabino D. Goldman.

 

Marshall, el rabino de la Conadep

Fuente: Iton Gadol, Miradas al Sur  (9-08-09)
Sus enemigos le decían “el rabino rojo”. Mientras la DAIA le daba la espalda a las imploraciones de padres y abuelos de desaparecidos argentinos judíos, durante la dictadura militar, Marshall Theodor Meyer iba a golpear la puerta de los cuarteles. Cierta vez –contó el actual embajador ante Estados Unidos, Héctor Timerman– el rabino fue, quizá con su kipá (su solideo, su gorrita), quizá con su pasaporte norteamericano, con las erres arrastradas, a pedir por la aparición con vida del periodista Jacobo Timerman. Lo atendió, por así decir, el hoy condenado a reclusión perpetua, comisario general de la Policía de Buenos Aires, Miguel Etchecolatz. “Bueno, bueno” –le dijo el matón con uniforme de policeman–. “Al fin y al cabo usted es un pastorcito”.
“Justamente –respondió el rabino, siempre rápido de reflejos–. Soy un pastor y se me ha perdido una de mis ovejas. Y no voy a parar hasta encontrarla.” Ese temple tenía el “rabino rojo”, que había nacido en Brooklyn, y al que rememora el libro “Marshall T. Meyer. El hombre. Un rabino”, de Mariela Volcovich (en librerías desde el 13 de agosto).
El rabino
Meyer estudió para rabino en la escuela conservadora norteamericana. El ala conservadora, congregada mayormente en el Jewish Theological Seminary, dista mucho de lo que en Argentina se podría entender con esa palabra. Representa un camino intermedio entre la ortodoxia y el liberalismo.
Una misión.
Fallecidos los padres en dos meses consecutivos, su psicólogo y los catedráticos del JTS le confiaron una misión.
En 1959, la comunidad judía más tradicional de Buenos Aires, la CIRA, más conocida como el templo de Libertad, buscaba un rabino joven para atraer a los hijos porteños de los moishes inmigrantes.
Esa generación estaba más seducida por realizar mítines políticos en la pizzería El Cuartito que por congregarse en el templo a rezar. Los dirigentes de la Comunidad Israelita se proponían fomentar un movimiento juvenil que hiciera perdurar la tradición. Lo novedoso fue que en vez de abrevar en los orígenes ashkenazíes de la Europa Oriental, pidieron orientación a los norteamericanos.
A poco de llegar, el futuro “rabino rojo” armó un revuelo: entre otras cosas, proponía modificar el ritual congregacional y juntar en el kabalat shabat, (la bienvenida del séptimo día de la creación) a hombres y mujeres en un mismo salón. La resistencia de su renovación fue creciendo, al punto de que dividió a la comunidad.
 En 1962 fundó el Seminario Rabínico Latinoamericano.
Rompió definitivamente con el templo de la CIRA y creó la comunidad Bet-El. Fueron discípulos de él, entre otros reconocidos rabinos, Daniel Goldman y Baruj Plavnik, que lo ayudaron en su valiente tarea durante el genocidio argentino.
En democracia y con la Conadep.
Recuperada la democracia, siendo extranjero, el presidente Raúl Ricardo Alfonsín lo incluyó en el equipo de la Conadep, que luego se convertiría en el testimonio abrumador del Nunca Más. Representó a ese grupo en Ginebra, ante la Onu, y medió para traer información fresca sobre los desaparecidos de diversas organizaciones de los Estados Unidos.
Sorpresivamente, en 1984 decidió volver a Estados Unidos. Se instaló junto a su esposa en Nueva York. Revivió la sinagoga B’nei Yeshurún hasta convertirla en una de las más brillantes del judaísmo norteamericano. Falleció diez años después, habiendo modificado toda la estructura de las comunidades judías de América latina y habiendo dado un impulso de estudio y amor por el pueblo, la filosofía y la religión judías como pocos guías espirituales.


Nuestro maestro

Por Estela Barnes de Carlotto*

Fuente: Miradas al Sur   (6-08-09)
Conocí al rabino Marshall T. Meyer en los primeros meses del año 1978. Cuando junto con mi esposo Guido buscábamos desesperadamente tener noticias de nuestra hija Laura Estela, cuyo paradero desconocíamos desde el 26 de noviembre de 1977. Quiero describir la angustia, el dolor y el miedo que nos sobrecogía desde esa fecha nefasta de la desaparición de Laura. Golpeamos cuanta puerta donde suponíamos que podrían decirnos algo de ella. La indiferencia, las amenazas, las sospechas nos acompañaron en ese peregrinaje. Pero ese día que, por buen consejo, nos dirigimos a Bet-el, donde había “un rabino” que nos escucharía, se abrió para nosotros una puerta de esperanza ya que vimos en quien nos recibió a un hombre comprometido, respetuoso, solidario.
Era Marshall Meyer, impresionante por su estatura moral y física, con su acento extranjero dándonos consejos e iniciativas que nos encaminaron en acertados reclamos. Nunca olvidaré su ternura, su calidez, su comprensión sobre las historias que le íbamos desgranando. Muchas Abuelas de Plaza de Mayo lo conocieron bajo esta misma óptica e igual recibimiento.
Lo reencontré muchos años después, ya en democracia, cuando fuera homenajeado con el título Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires. Yo ya era una “experta” Abuela de Plaza de Mayo, pero él seguía siendo mi maestro, nuestro maestro. Su muerte dejó un enorme vacío en la continuidad histórica de nuestra lucha ya que siempre su palabra será necesaria.
Al cumplirse este año 2009 los 50 años de su llegada a la Argentina, agradezco, en nombre de todos aquellos argentinos que de él recibieron la mano tendida, esta ejemplar idea de honrarlo y recordarlo. Porque el rabino Marshall Meyer vivirá por siempre en la historia de nuestro país y del mundo entero.
*Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo




La plaza de Marshall Meyer

Por Rabino Daniel Goldman*


Fuente: Miradas al Sur   (6-08-09)
¿Quién será el guardián de una plaza que lleva el nombre de Marshall Meyer, el nombre de un hombre que se opone a que haya un guardián en una plaza? Así escribía el aprendiz de poeta, a quien su maestro le enseñó que el vandalismo no se produce en las plazas: se hace evidente en el lugar público, pero antes se produce en el espacio donde no se sacraliza la vida.
El vandalismo es el hambre del pibe que no puede jugar a la pelota en la plaza. Es la irremediable vejez del que no tiene un medicamento y no puede pisar el pasto de la plaza. Es el sistema que dejó afuera al padre de familia, que entonces sólo puede vivir en la plaza. Es el maltrato al preso en la cárcel al que le fue arrancado un ojo y no verá la luz de la plaza. Vandalismo es lo que le pasa a la abuela que no encuentra a su nieto corriendo en la plaza, y la madre que no puede abrazar a su hijo en la plaza. Vandalismo es cerrar la puerta en la sinagoga, discriminando con la política de lo correcto al anónimo que pasa por una plaza. Y es la falta de compromiso de la parroquia con aquellas que los jueves dan vueltas en la plaza. Es vandalismo la seguridad en la plaza y no la paz de los que transitan la plaza.
Una plaza que lleva el nombre de un hombre al que no le gustan los guardianes pone en estado público los ideales que como autoridad ejerció en su vida, no como el juego de una plaza sino jugándose en la plaza, que son dos cosas distintas. Una cosa es jugar. Otra, jugarse. Encarnar esta diferencia lo hizo autor de su autoridad. Y protagonista de su testimonio. Testigo y protagonista a la vez. Rara avis. Extraordinario. Fuera del orden. No le gustaba el fascista modelo ordenado que mediocremente imponen los guardias de la plaza. No todo el que se juega es autoridad, pero la autoridad se juega. Si no, no es autoridad.
Y el hombre que lleva el nombre de una plaza al que no le gustan los guardias, mostró con lo que “es”, cómo pueden llegar a ser los seres humanos, en el sentido más humano, con las humanas paradojas de la contradicción.
Su testimonio fue mostrar al hombre que no pierde la humanidad activa. Enseñó que así como la memoria debe ser activa, la humanidad también. Cuando se activa la humanidad no existe nada que pueda detenerla. Por eso sigue siendo. No fue. Y cuando uno sigue siendo jamás puede estar encerrado libremente en el nombre de una plaza.
No lo homenajeemos con una plaza, sino santificando el espacio público. ¿Cómo? Como dice el profeta: haciendo justicia y no mirándola pasar. Amando la misericordia y no queriéndola nomás. Y caminando humildemente ante Dios, porque caminar es enfrentar los desafíos que el Eterno nos pone en cada plaza.
*Rabino de la Comunidad Bet-el, Buenos Aires, Argentina